Aún cansada por el viajecito a Mi-acatlán, ayer por la tarde tenía pensado no desvelarme, salir corriendo de la oficina para llegar a mi casa y meterme a las cobijas y descansar.
Nunca logro tal objetivo, salgo de la oficina y algo se presenta, una llamada, un correo, la librería, la biblioteca, un cafecito, o un mensaje me detienen y en lugar de tomar el transporte a casa, siempre me dirijo a otro lado ¿qué hacer? Me gusta la vagancia (diría mi mamá).
Ayer, antes de la hora de la comida, recibí un correo que convocaba a una reunión en el ya conocido lugar que se encuentra en el andador de Regina. No podía negarme, a pesar de que ya no me gustan las cervezas (de nuevo), compartir una tarde lluviosa con amigos se me hizo el mejor plan para un martes gris.
Salí de la oficina y caminé bajo la lluvia disfrutando cada gota, hace mucho que no lo hacía, los tacones y la ropa de tintorería no se llevan con la lluvia, desde que trabajo no me había mojado como ayer, ya lo extrañaba. Después de 20 minutos de lluvia, llegué al lugar de la reunión, algunos ya estaban, otros fueron llegando pasada la media hora.
Todo era perfecto, afuera una lluvia torrencial y relámpagos seguidos de truenos estruendosos, yo adentro con buenos amigos. Entre la cerveza amarga, la botana medio rancia y la deliciosa charla yo estaba tan encantada que ni tiempo tuve de asustarme por los truenos.
La conversación pasó por el concierto de la Sonora Santanera a los viajes a Chiapas, de los amores extranjeros a las borracheras no planeadas, de las épocas de la universidad a las pláticas sobre el trabajo, andábamos en los planes para el Cervantino o el viajecito a Buenos Aires o Santiago cuando recibí una llamada telefónica, un amigo quería ir a mi casa a recoger una mezcladora y una bocina que había dejado un domingo antes al volver del increíble fin de semana en Mi-acatlán.
Sin yo quererme ir, pero con la opción de llegar en coche a mi casa y lo mejor es que yo no iría manejando, acepté que pasara por mí. Pensé que llegaría rapidísimo, a las nueve de la noche ya no hay tantos coches en la ciudad (ajá).
Dos horas y media más tarde seguíamos en el auto, el tránsito estaba detenido, las gotas de lluvia se multiplicaban infinitamente, el metro no servía y toda la gente invadía los carriles de circulación buscando un modo de llegar a casa, era muy tarde y los coches no avanzaban, recordé a Cortázar y su autopista del sur, me asusté, pensé que era una pesadilla…
… pasada la media noche llegamos a casa, el recuento de los daños: tres horas de camino, tres pasajeros más; dos señoras y mi hermano al que encontramos en la multitud abandonada a su suerte, mucha hambre y mucho sueño.
Ni modo, otro día que llego a casa a la media noche… ya estoy más que acostumbrada.