No puedo forzar que quieras ir a mi ritmo, ni forzarte a bailar conmigo al compás de mi vida. Tampoco puedo forzar que quieras que aprenda contigo nuevas pasos de baile, de tu baile.
domingo, 28 de agosto de 2011
sábado, 27 de agosto de 2011
De bígama bipolar o la infidelidad.
Tuve un lindo día con Henry y un lindo día con Dave.
Henry llamó y se me revolvió la panza de la emoción, quería verme y yo con tantas ganas de su olor no pude negarme, pasó por mí a la oficina, logré salirme una hora antes y cuando llegó ya lo esperaba afuera parada sobre una banquita de concreto. Me cargó para bajarme (todo un delicioso cliché), me besó y me dijo lo bien que me veía y lo mucho que me había extrañado. Caminamos juntos en ese frío día por las bonitas calles adoquinadas hasta ese monumento famoso dónde sería el mitin de su candidato político (el único defecto del Henry). No pelamos el discurso y mientras el político de acento extraño prometía la paz mundial y lanzaba improperios contra el gobierno en turno, Henry y yo nos pusimos al corriente de nuestra vida durante los pocos días que no nos habíamos visto que según nosotros resultaban una eternidad agonizante, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos a los ojos, lo quise. Nos sentamos a mitad de la explanada, platicamos, nos besamos, nos acariciamos, me besó el cuello, le acaricié la nuca, nos tomamos de la mano, nos besamos, nos paramos, nos abrazamos, nos olimos, desaparecimos en medio de la multitud. Quise detener el reloj, pero el tiempo implacable siguió su curso. Terminó el mitin, que también ponía fin a nuestro encuentro. Me pidió que no me fuera, que camináramos juntos, besándonos. Aunque las ganas me hacían su presa dejándome a su merced, en un momento de lucidez recuperé la cordura y le dije que no, que ya tenía una cita. Lo acompañé a su auto y él hizo su último intento por convencerme, pero era inútil, nos besamos y nos abrazamos muy fuerte. No quería dejarlo ir, él no quería irse. Recordé a Dave. Nos despedimos. En su mochila se llevó mi abrigo que llevaba en las bolsas la promesa y la ilusión de volverlo a ver.
Me encontré con Dave en nuestro café de siempre. Nos saludamos, lo noté triste, no tiene empleo, su negocio se fue a la quiebra (si la cosa no estuviera tan jodida). Hizo una tontería y me enojé, me hizo reír, nos encontentamos, nos miramos, sonreímos. Yo moría de hambre, no había probado alimento y ya nos envolvía el fulgor de la luna, se me antojo un elote (así soy de antojadiza, no quería una cena en forma, tenía el capricho del elote). Buscamos un elote, recorrimos las preciosas calles adoquinadas, llegamos hasta un Zócalo, pasamos por una glorieta, caminamos junto a una hermosa catedral ¡nada! Recordé que afuera de una gran tienda alguna vez vi que vendían elotes deliciosos de granos grandes (no me gustan otros), caminamos hasta allá y nada. Él dijo que solo por esa noche cumpliría mi capricho, caminaríamos hasta comprar mi elote. Llegamos a un parque, a otra plaza, a otra glorieta, a una gran avenida y solo encontramos churros, compramos unos para saciar mis antojos mientras encontrábamos mi elote de granos grandes. Al fin, al cruzar otro parque compramos nuestros elotes de granos gordos como me gustan. Cruzamos el parque hasta la tienda más cercana y compramos un Boing. Caminamos hasta una banquita de concreto para sentarnos a comer nuestros elotes de granos gordos. Platicamos de nosotros, lloré, nos abrazamos, fuimos sarcásticos, le puse mi bufanda de la felicidad y aunque no le gusta se la dejo en el cuello. Cuando me puse a llorar, él me puso la bufanda para que sonriera y no estuviera triste, al fin es la bufanda de la felicidad ¿no? Hacía mucho frío y yo no tenía abrigo, caminamos al metro, nos empujamos, reímos mucho, platicamos más. Nos molestamos, nos miramos muchas veces. Nos despedimos, un beso, dos, tres, yo a él, él a mi, todos en las mejillas, en la frente, el mordía mis manos. Nunca en la boca. A punto de bajarse y... ¡clic! un fugaz beso en la boca. Mire por la ventanilla, sonreímos, fuimos cómplices. Así había empezado todo muchos ayeres atrás. El metro avanzó.
Yo seguí mi camino a casa con su esencia en la boca, sin abrigo y con muchas confusiones en la cabeza.
Henry llamó y se me revolvió la panza de la emoción, quería verme y yo con tantas ganas de su olor no pude negarme, pasó por mí a la oficina, logré salirme una hora antes y cuando llegó ya lo esperaba afuera parada sobre una banquita de concreto. Me cargó para bajarme (todo un delicioso cliché), me besó y me dijo lo bien que me veía y lo mucho que me había extrañado. Caminamos juntos en ese frío día por las bonitas calles adoquinadas hasta ese monumento famoso dónde sería el mitin de su candidato político (el único defecto del Henry). No pelamos el discurso y mientras el político de acento extraño prometía la paz mundial y lanzaba improperios contra el gobierno en turno, Henry y yo nos pusimos al corriente de nuestra vida durante los pocos días que no nos habíamos visto que según nosotros resultaban una eternidad agonizante, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos a los ojos, lo quise. Nos sentamos a mitad de la explanada, platicamos, nos besamos, nos acariciamos, me besó el cuello, le acaricié la nuca, nos tomamos de la mano, nos besamos, nos paramos, nos abrazamos, nos olimos, desaparecimos en medio de la multitud. Quise detener el reloj, pero el tiempo implacable siguió su curso. Terminó el mitin, que también ponía fin a nuestro encuentro. Me pidió que no me fuera, que camináramos juntos, besándonos. Aunque las ganas me hacían su presa dejándome a su merced, en un momento de lucidez recuperé la cordura y le dije que no, que ya tenía una cita. Lo acompañé a su auto y él hizo su último intento por convencerme, pero era inútil, nos besamos y nos abrazamos muy fuerte. No quería dejarlo ir, él no quería irse. Recordé a Dave. Nos despedimos. En su mochila se llevó mi abrigo que llevaba en las bolsas la promesa y la ilusión de volverlo a ver.
Me encontré con Dave en nuestro café de siempre. Nos saludamos, lo noté triste, no tiene empleo, su negocio se fue a la quiebra (si la cosa no estuviera tan jodida). Hizo una tontería y me enojé, me hizo reír, nos encontentamos, nos miramos, sonreímos. Yo moría de hambre, no había probado alimento y ya nos envolvía el fulgor de la luna, se me antojo un elote (así soy de antojadiza, no quería una cena en forma, tenía el capricho del elote). Buscamos un elote, recorrimos las preciosas calles adoquinadas, llegamos hasta un Zócalo, pasamos por una glorieta, caminamos junto a una hermosa catedral ¡nada! Recordé que afuera de una gran tienda alguna vez vi que vendían elotes deliciosos de granos grandes (no me gustan otros), caminamos hasta allá y nada. Él dijo que solo por esa noche cumpliría mi capricho, caminaríamos hasta comprar mi elote. Llegamos a un parque, a otra plaza, a otra glorieta, a una gran avenida y solo encontramos churros, compramos unos para saciar mis antojos mientras encontrábamos mi elote de granos grandes. Al fin, al cruzar otro parque compramos nuestros elotes de granos gordos como me gustan. Cruzamos el parque hasta la tienda más cercana y compramos un Boing. Caminamos hasta una banquita de concreto para sentarnos a comer nuestros elotes de granos gordos. Platicamos de nosotros, lloré, nos abrazamos, fuimos sarcásticos, le puse mi bufanda de la felicidad y aunque no le gusta se la dejo en el cuello. Cuando me puse a llorar, él me puso la bufanda para que sonriera y no estuviera triste, al fin es la bufanda de la felicidad ¿no? Hacía mucho frío y yo no tenía abrigo, caminamos al metro, nos empujamos, reímos mucho, platicamos más. Nos molestamos, nos miramos muchas veces. Nos despedimos, un beso, dos, tres, yo a él, él a mi, todos en las mejillas, en la frente, el mordía mis manos. Nunca en la boca. A punto de bajarse y... ¡clic! un fugaz beso en la boca. Mire por la ventanilla, sonreímos, fuimos cómplices. Así había empezado todo muchos ayeres atrás. El metro avanzó.
Yo seguí mi camino a casa con su esencia en la boca, sin abrigo y con muchas confusiones en la cabeza.
jueves, 11 de agosto de 2011
Amarse toda la vida.
Saber que cuando te desnudas de la ropa, también desnudas el alma, es la más bonita forma de entregarse, construir la intimidad sincera.
Entregarte a una persona es un acto de verdadera intimidad, en él te despojas de todo. Va más allá que quitarte la ropa, es desnudarte, pero al mismo tiempo no sentirte incómoda con esa desnudez, te vas envolviendo con el otro, con las capas de su intimidad, con su propia desnudez.
Dejas a un lado pudores, amores pasados, futuros, lejanos; te entregas completamente. ¡Qué bien se siente amar así! Tan libre, amar con el cuerpo y con el alma. Amar el cuerpo y amar el alma.
Amarse con tangos, música clásica, brit pop. Amarse durante la novela y luego en el noticiero.
Amarse entre las sábanas después de haber discutido un libro de Thoreau, y repasado la buena música de algunas bandas inglesas. Amarse en silencio con susurros y respiraciones agitadas o amarse con música de fondo y gemidos incontrolables.
Amarse durante un concierto, amarse al calor de una fogata, amarse durante el viaje, durante la estancia. Amarse sin clichés o con todos ellos. Amarse como en aquella película francesa o como los amantes italianos. Amarse durante la batalla y durante la guerra fría.
Amarse durante la cena, amarse con la luz bajita que dibuja sombras que también se aman. Amarse con olor a hombre, a mujer. Amarse con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, amarse con el pelo suelto. Amarse a la luz de la luna. Amarse al amanecer. Amarse acostados, sentados, de pie. Amarse con las manos, amarse de rodillas, amarse con la lengua. Amarse cada poro, cada vello, cada lunar, cicatriz, cada hueso.
Amarse en imágenes, en textos, en canciones, en cartas. Amarse por correo, por mensaje, por el chat.
Amarse así, porque somos nuestros y a la vez de nadie. No nos pertenecemos y a la vez nos damos y nos reconocemos. Ser de nosotros, sin importar si dentro de una hora o saliendo de aquí, somos de alguien más.
Amarse sin preguntar qué depara el destino.
Amarse toda la vida, así la vida dure seis horas en una habitación de hotel una vez al mes.
Entregarte a una persona es un acto de verdadera intimidad, en él te despojas de todo. Va más allá que quitarte la ropa, es desnudarte, pero al mismo tiempo no sentirte incómoda con esa desnudez, te vas envolviendo con el otro, con las capas de su intimidad, con su propia desnudez.
Dejas a un lado pudores, amores pasados, futuros, lejanos; te entregas completamente. ¡Qué bien se siente amar así! Tan libre, amar con el cuerpo y con el alma. Amar el cuerpo y amar el alma.
Amarse con tangos, música clásica, brit pop. Amarse durante la novela y luego en el noticiero.
Amarse entre las sábanas después de haber discutido un libro de Thoreau, y repasado la buena música de algunas bandas inglesas. Amarse en silencio con susurros y respiraciones agitadas o amarse con música de fondo y gemidos incontrolables.
Amarse durante un concierto, amarse al calor de una fogata, amarse durante el viaje, durante la estancia. Amarse sin clichés o con todos ellos. Amarse como en aquella película francesa o como los amantes italianos. Amarse durante la batalla y durante la guerra fría.
Amarse durante la cena, amarse con la luz bajita que dibuja sombras que también se aman. Amarse con olor a hombre, a mujer. Amarse con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, amarse con el pelo suelto. Amarse a la luz de la luna. Amarse al amanecer. Amarse acostados, sentados, de pie. Amarse con las manos, amarse de rodillas, amarse con la lengua. Amarse cada poro, cada vello, cada lunar, cicatriz, cada hueso.
Amarse en imágenes, en textos, en canciones, en cartas. Amarse por correo, por mensaje, por el chat.
Amarse así, porque somos nuestros y a la vez de nadie. No nos pertenecemos y a la vez nos damos y nos reconocemos. Ser de nosotros, sin importar si dentro de una hora o saliendo de aquí, somos de alguien más.
Amarse sin preguntar qué depara el destino.
Amarse toda la vida, así la vida dure seis horas en una habitación de hotel una vez al mes.
lunes, 8 de agosto de 2011
Veneno
Creo que me ha picado un alacrán, una víbora o me pinche con algo venenoso, cualquier cosa que pique con veneno tal que pueda causar la muerte.
Desconozco que me ha picado, solo sentí el piquete, no quise ver que era, seguí caminando, no volví la vista, no me interesa saber a que me enfrento. No quiero tener la certeza de cuánto me queda vida, no quiero vivir con la angustia de un condenado a muerte que tiene fecha y hora de ejecución, ya es suficiente con saberme moribunda.
A partir de hoy tengo mis días contados, quizás no sean días, solo horas, minutos, incluso segundos. Cada trazo que doy con esta pluma podría ser el último, mis palabras podrían dejar de sucederse una tras otra. Tal vez mis ojos no puedan parpadear más, tal vez no llegué a contemplar la luna está noche. O tal vez sí, tal vez tenga muchas noches, viva muchos años, pero de que tengo los días contados, eso es seguro. Tal vez muera a los treinta o al parir a mi primer hijo, tal vez muera en mi luna de miel o mientras me baño, tal vez muera en mi fiesta de cincuenta años o muy vieja, ¡quién sabe! Solo sé que moriré por el efecto del veneno que ha entrado a mi cuerpo hoy.
Desconozco que me ha picado, solo sentí el piquete, no quise ver que era, seguí caminando, no volví la vista, no me interesa saber a que me enfrento. No quiero tener la certeza de cuánto me queda vida, no quiero vivir con la angustia de un condenado a muerte que tiene fecha y hora de ejecución, ya es suficiente con saberme moribunda.
A partir de hoy tengo mis días contados, quizás no sean días, solo horas, minutos, incluso segundos. Cada trazo que doy con esta pluma podría ser el último, mis palabras podrían dejar de sucederse una tras otra. Tal vez mis ojos no puedan parpadear más, tal vez no llegué a contemplar la luna está noche. O tal vez sí, tal vez tenga muchas noches, viva muchos años, pero de que tengo los días contados, eso es seguro. Tal vez muera a los treinta o al parir a mi primer hijo, tal vez muera en mi luna de miel o mientras me baño, tal vez muera en mi fiesta de cincuenta años o muy vieja, ¡quién sabe! Solo sé que moriré por el efecto del veneno que ha entrado a mi cuerpo hoy.
Mientras mi mano la que ya veo ajena a mí sigue escribiendo, me voy a disfrutar el tiempo que me queda de vida, así sea un suspiro o una eternidad.
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