No puedo forzar que quieras ir a mi ritmo, ni forzarte a bailar conmigo al compás de mi vida. Tampoco puedo forzar que quieras que aprenda contigo nuevas pasos de baile, de tu baile.
domingo, 28 de agosto de 2011
sábado, 27 de agosto de 2011
De bígama bipolar o la infidelidad.
Tuve un lindo día con Henry y un lindo día con Dave.
Henry llamó y se me revolvió la panza de la emoción, quería verme y yo con tantas ganas de su olor no pude negarme, pasó por mí a la oficina, logré salirme una hora antes y cuando llegó ya lo esperaba afuera parada sobre una banquita de concreto. Me cargó para bajarme (todo un delicioso cliché), me besó y me dijo lo bien que me veía y lo mucho que me había extrañado. Caminamos juntos en ese frío día por las bonitas calles adoquinadas hasta ese monumento famoso dónde sería el mitin de su candidato político (el único defecto del Henry). No pelamos el discurso y mientras el político de acento extraño prometía la paz mundial y lanzaba improperios contra el gobierno en turno, Henry y yo nos pusimos al corriente de nuestra vida durante los pocos días que no nos habíamos visto que según nosotros resultaban una eternidad agonizante, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos a los ojos, lo quise. Nos sentamos a mitad de la explanada, platicamos, nos besamos, nos acariciamos, me besó el cuello, le acaricié la nuca, nos tomamos de la mano, nos besamos, nos paramos, nos abrazamos, nos olimos, desaparecimos en medio de la multitud. Quise detener el reloj, pero el tiempo implacable siguió su curso. Terminó el mitin, que también ponía fin a nuestro encuentro. Me pidió que no me fuera, que camináramos juntos, besándonos. Aunque las ganas me hacían su presa dejándome a su merced, en un momento de lucidez recuperé la cordura y le dije que no, que ya tenía una cita. Lo acompañé a su auto y él hizo su último intento por convencerme, pero era inútil, nos besamos y nos abrazamos muy fuerte. No quería dejarlo ir, él no quería irse. Recordé a Dave. Nos despedimos. En su mochila se llevó mi abrigo que llevaba en las bolsas la promesa y la ilusión de volverlo a ver.
Me encontré con Dave en nuestro café de siempre. Nos saludamos, lo noté triste, no tiene empleo, su negocio se fue a la quiebra (si la cosa no estuviera tan jodida). Hizo una tontería y me enojé, me hizo reír, nos encontentamos, nos miramos, sonreímos. Yo moría de hambre, no había probado alimento y ya nos envolvía el fulgor de la luna, se me antojo un elote (así soy de antojadiza, no quería una cena en forma, tenía el capricho del elote). Buscamos un elote, recorrimos las preciosas calles adoquinadas, llegamos hasta un Zócalo, pasamos por una glorieta, caminamos junto a una hermosa catedral ¡nada! Recordé que afuera de una gran tienda alguna vez vi que vendían elotes deliciosos de granos grandes (no me gustan otros), caminamos hasta allá y nada. Él dijo que solo por esa noche cumpliría mi capricho, caminaríamos hasta comprar mi elote. Llegamos a un parque, a otra plaza, a otra glorieta, a una gran avenida y solo encontramos churros, compramos unos para saciar mis antojos mientras encontrábamos mi elote de granos grandes. Al fin, al cruzar otro parque compramos nuestros elotes de granos gordos como me gustan. Cruzamos el parque hasta la tienda más cercana y compramos un Boing. Caminamos hasta una banquita de concreto para sentarnos a comer nuestros elotes de granos gordos. Platicamos de nosotros, lloré, nos abrazamos, fuimos sarcásticos, le puse mi bufanda de la felicidad y aunque no le gusta se la dejo en el cuello. Cuando me puse a llorar, él me puso la bufanda para que sonriera y no estuviera triste, al fin es la bufanda de la felicidad ¿no? Hacía mucho frío y yo no tenía abrigo, caminamos al metro, nos empujamos, reímos mucho, platicamos más. Nos molestamos, nos miramos muchas veces. Nos despedimos, un beso, dos, tres, yo a él, él a mi, todos en las mejillas, en la frente, el mordía mis manos. Nunca en la boca. A punto de bajarse y... ¡clic! un fugaz beso en la boca. Mire por la ventanilla, sonreímos, fuimos cómplices. Así había empezado todo muchos ayeres atrás. El metro avanzó.
Yo seguí mi camino a casa con su esencia en la boca, sin abrigo y con muchas confusiones en la cabeza.
Henry llamó y se me revolvió la panza de la emoción, quería verme y yo con tantas ganas de su olor no pude negarme, pasó por mí a la oficina, logré salirme una hora antes y cuando llegó ya lo esperaba afuera parada sobre una banquita de concreto. Me cargó para bajarme (todo un delicioso cliché), me besó y me dijo lo bien que me veía y lo mucho que me había extrañado. Caminamos juntos en ese frío día por las bonitas calles adoquinadas hasta ese monumento famoso dónde sería el mitin de su candidato político (el único defecto del Henry). No pelamos el discurso y mientras el político de acento extraño prometía la paz mundial y lanzaba improperios contra el gobierno en turno, Henry y yo nos pusimos al corriente de nuestra vida durante los pocos días que no nos habíamos visto que según nosotros resultaban una eternidad agonizante, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos a los ojos, lo quise. Nos sentamos a mitad de la explanada, platicamos, nos besamos, nos acariciamos, me besó el cuello, le acaricié la nuca, nos tomamos de la mano, nos besamos, nos paramos, nos abrazamos, nos olimos, desaparecimos en medio de la multitud. Quise detener el reloj, pero el tiempo implacable siguió su curso. Terminó el mitin, que también ponía fin a nuestro encuentro. Me pidió que no me fuera, que camináramos juntos, besándonos. Aunque las ganas me hacían su presa dejándome a su merced, en un momento de lucidez recuperé la cordura y le dije que no, que ya tenía una cita. Lo acompañé a su auto y él hizo su último intento por convencerme, pero era inútil, nos besamos y nos abrazamos muy fuerte. No quería dejarlo ir, él no quería irse. Recordé a Dave. Nos despedimos. En su mochila se llevó mi abrigo que llevaba en las bolsas la promesa y la ilusión de volverlo a ver.
Me encontré con Dave en nuestro café de siempre. Nos saludamos, lo noté triste, no tiene empleo, su negocio se fue a la quiebra (si la cosa no estuviera tan jodida). Hizo una tontería y me enojé, me hizo reír, nos encontentamos, nos miramos, sonreímos. Yo moría de hambre, no había probado alimento y ya nos envolvía el fulgor de la luna, se me antojo un elote (así soy de antojadiza, no quería una cena en forma, tenía el capricho del elote). Buscamos un elote, recorrimos las preciosas calles adoquinadas, llegamos hasta un Zócalo, pasamos por una glorieta, caminamos junto a una hermosa catedral ¡nada! Recordé que afuera de una gran tienda alguna vez vi que vendían elotes deliciosos de granos grandes (no me gustan otros), caminamos hasta allá y nada. Él dijo que solo por esa noche cumpliría mi capricho, caminaríamos hasta comprar mi elote. Llegamos a un parque, a otra plaza, a otra glorieta, a una gran avenida y solo encontramos churros, compramos unos para saciar mis antojos mientras encontrábamos mi elote de granos grandes. Al fin, al cruzar otro parque compramos nuestros elotes de granos gordos como me gustan. Cruzamos el parque hasta la tienda más cercana y compramos un Boing. Caminamos hasta una banquita de concreto para sentarnos a comer nuestros elotes de granos gordos. Platicamos de nosotros, lloré, nos abrazamos, fuimos sarcásticos, le puse mi bufanda de la felicidad y aunque no le gusta se la dejo en el cuello. Cuando me puse a llorar, él me puso la bufanda para que sonriera y no estuviera triste, al fin es la bufanda de la felicidad ¿no? Hacía mucho frío y yo no tenía abrigo, caminamos al metro, nos empujamos, reímos mucho, platicamos más. Nos molestamos, nos miramos muchas veces. Nos despedimos, un beso, dos, tres, yo a él, él a mi, todos en las mejillas, en la frente, el mordía mis manos. Nunca en la boca. A punto de bajarse y... ¡clic! un fugaz beso en la boca. Mire por la ventanilla, sonreímos, fuimos cómplices. Así había empezado todo muchos ayeres atrás. El metro avanzó.
Yo seguí mi camino a casa con su esencia en la boca, sin abrigo y con muchas confusiones en la cabeza.
jueves, 11 de agosto de 2011
Amarse toda la vida.
Saber que cuando te desnudas de la ropa, también desnudas el alma, es la más bonita forma de entregarse, construir la intimidad sincera.
Entregarte a una persona es un acto de verdadera intimidad, en él te despojas de todo. Va más allá que quitarte la ropa, es desnudarte, pero al mismo tiempo no sentirte incómoda con esa desnudez, te vas envolviendo con el otro, con las capas de su intimidad, con su propia desnudez.
Dejas a un lado pudores, amores pasados, futuros, lejanos; te entregas completamente. ¡Qué bien se siente amar así! Tan libre, amar con el cuerpo y con el alma. Amar el cuerpo y amar el alma.
Amarse con tangos, música clásica, brit pop. Amarse durante la novela y luego en el noticiero.
Amarse entre las sábanas después de haber discutido un libro de Thoreau, y repasado la buena música de algunas bandas inglesas. Amarse en silencio con susurros y respiraciones agitadas o amarse con música de fondo y gemidos incontrolables.
Amarse durante un concierto, amarse al calor de una fogata, amarse durante el viaje, durante la estancia. Amarse sin clichés o con todos ellos. Amarse como en aquella película francesa o como los amantes italianos. Amarse durante la batalla y durante la guerra fría.
Amarse durante la cena, amarse con la luz bajita que dibuja sombras que también se aman. Amarse con olor a hombre, a mujer. Amarse con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, amarse con el pelo suelto. Amarse a la luz de la luna. Amarse al amanecer. Amarse acostados, sentados, de pie. Amarse con las manos, amarse de rodillas, amarse con la lengua. Amarse cada poro, cada vello, cada lunar, cicatriz, cada hueso.
Amarse en imágenes, en textos, en canciones, en cartas. Amarse por correo, por mensaje, por el chat.
Amarse así, porque somos nuestros y a la vez de nadie. No nos pertenecemos y a la vez nos damos y nos reconocemos. Ser de nosotros, sin importar si dentro de una hora o saliendo de aquí, somos de alguien más.
Amarse sin preguntar qué depara el destino.
Amarse toda la vida, así la vida dure seis horas en una habitación de hotel una vez al mes.
Entregarte a una persona es un acto de verdadera intimidad, en él te despojas de todo. Va más allá que quitarte la ropa, es desnudarte, pero al mismo tiempo no sentirte incómoda con esa desnudez, te vas envolviendo con el otro, con las capas de su intimidad, con su propia desnudez.
Dejas a un lado pudores, amores pasados, futuros, lejanos; te entregas completamente. ¡Qué bien se siente amar así! Tan libre, amar con el cuerpo y con el alma. Amar el cuerpo y amar el alma.
Amarse con tangos, música clásica, brit pop. Amarse durante la novela y luego en el noticiero.
Amarse entre las sábanas después de haber discutido un libro de Thoreau, y repasado la buena música de algunas bandas inglesas. Amarse en silencio con susurros y respiraciones agitadas o amarse con música de fondo y gemidos incontrolables.
Amarse durante un concierto, amarse al calor de una fogata, amarse durante el viaje, durante la estancia. Amarse sin clichés o con todos ellos. Amarse como en aquella película francesa o como los amantes italianos. Amarse durante la batalla y durante la guerra fría.
Amarse durante la cena, amarse con la luz bajita que dibuja sombras que también se aman. Amarse con olor a hombre, a mujer. Amarse con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, amarse con el pelo suelto. Amarse a la luz de la luna. Amarse al amanecer. Amarse acostados, sentados, de pie. Amarse con las manos, amarse de rodillas, amarse con la lengua. Amarse cada poro, cada vello, cada lunar, cicatriz, cada hueso.
Amarse en imágenes, en textos, en canciones, en cartas. Amarse por correo, por mensaje, por el chat.
Amarse así, porque somos nuestros y a la vez de nadie. No nos pertenecemos y a la vez nos damos y nos reconocemos. Ser de nosotros, sin importar si dentro de una hora o saliendo de aquí, somos de alguien más.
Amarse sin preguntar qué depara el destino.
Amarse toda la vida, así la vida dure seis horas en una habitación de hotel una vez al mes.
lunes, 8 de agosto de 2011
Veneno
Creo que me ha picado un alacrán, una víbora o me pinche con algo venenoso, cualquier cosa que pique con veneno tal que pueda causar la muerte.
Desconozco que me ha picado, solo sentí el piquete, no quise ver que era, seguí caminando, no volví la vista, no me interesa saber a que me enfrento. No quiero tener la certeza de cuánto me queda vida, no quiero vivir con la angustia de un condenado a muerte que tiene fecha y hora de ejecución, ya es suficiente con saberme moribunda.
A partir de hoy tengo mis días contados, quizás no sean días, solo horas, minutos, incluso segundos. Cada trazo que doy con esta pluma podría ser el último, mis palabras podrían dejar de sucederse una tras otra. Tal vez mis ojos no puedan parpadear más, tal vez no llegué a contemplar la luna está noche. O tal vez sí, tal vez tenga muchas noches, viva muchos años, pero de que tengo los días contados, eso es seguro. Tal vez muera a los treinta o al parir a mi primer hijo, tal vez muera en mi luna de miel o mientras me baño, tal vez muera en mi fiesta de cincuenta años o muy vieja, ¡quién sabe! Solo sé que moriré por el efecto del veneno que ha entrado a mi cuerpo hoy.
Desconozco que me ha picado, solo sentí el piquete, no quise ver que era, seguí caminando, no volví la vista, no me interesa saber a que me enfrento. No quiero tener la certeza de cuánto me queda vida, no quiero vivir con la angustia de un condenado a muerte que tiene fecha y hora de ejecución, ya es suficiente con saberme moribunda.
A partir de hoy tengo mis días contados, quizás no sean días, solo horas, minutos, incluso segundos. Cada trazo que doy con esta pluma podría ser el último, mis palabras podrían dejar de sucederse una tras otra. Tal vez mis ojos no puedan parpadear más, tal vez no llegué a contemplar la luna está noche. O tal vez sí, tal vez tenga muchas noches, viva muchos años, pero de que tengo los días contados, eso es seguro. Tal vez muera a los treinta o al parir a mi primer hijo, tal vez muera en mi luna de miel o mientras me baño, tal vez muera en mi fiesta de cincuenta años o muy vieja, ¡quién sabe! Solo sé que moriré por el efecto del veneno que ha entrado a mi cuerpo hoy.
Mientras mi mano la que ya veo ajena a mí sigue escribiendo, me voy a disfrutar el tiempo que me queda de vida, así sea un suspiro o una eternidad.
sábado, 9 de julio de 2011
Desvaneciéndome
Nunca he querido desdibujarme, por el contrario, me gusta resaltar mis contornos, matizar mis sonrisas, abrillantar mis ojos, exagerar mis gestos, adornar mis verbos, colorear mis lágrimas...
Aquél se empeñaba en deshacerme, me iba borrando, primero me hacía tenue, luego acuarela, luego sombra, yo me iba sintiendo pálida, sin forma, sin brillo, sin chispa, más reflejo de vidrio, ya ni siquiera de espejo; al punto en que dejé de ser yo y comencé a ser otra.
Aquél se empeñaba en deshacerme, me iba borrando, primero me hacía tenue, luego acuarela, luego sombra, yo me iba sintiendo pálida, sin forma, sin brillo, sin chispa, más reflejo de vidrio, ya ni siquiera de espejo; al punto en que dejé de ser yo y comencé a ser otra.
lunes, 30 de mayo de 2011
El juego de palabras locas. Locura
Esta mañana intentaba hacer un texto medianamente decente acerca de los sentimientos que se despiertan cuando se remueve el pasado. Quería dejar muy claro que no es justo que las personas envíen recuerdos que alborotan cosas en la mente y se hagan los muy inocentes.
En eso andaba cuando tuve una mañana atípica en la que aún ni desayunaba y ya era tarde, aún ni me bañaba y ya era tarde, todo por intentar escribir sin éxito, pero las palabras tuvieron la culpa, lo juro.
Me la pasé observandolas porque hoy no me tomaron en serio. No me permitieron ordenarlas, en cambio emprendieron juegos y anduvieron dando saltitos de hoja en hoja, en desorden, con una algarabía tal que ni pude enojarme con ellas. Me limité a ver como hacían su voluntad a costa de mis ganas por escribir algo serio.
Se intercambiaban letras minúsculas y mayúsculas, se cambiaban los acentos y escondían puntos y comas, todos los artículos se quedaron juntos y no logré acomodar a los verbos junto a los sujetos. Sin ton ni son anduvieron los pronombres. Las vocales a, e, i y o se pusieron agresivas y le arrebataban la diéresis a la u que no quería soltarla y se la rifaban entre ellas (¿se llamará bullyng gramatical?). La s se puso floja y le dejó todo el trabajo a la c y a la z ¿se imaginan? Menudas cosas que escribiría si el abecedario continuaba presa de la locura.
Ya no narro las otras "gracias", pensarán que estoy loca y seguramente no creerán lo que describo. Ni modo, me confieso incapaz de poner orden en mis palabras... será para la otra.
lunes, 9 de mayo de 2011
Nowhere
Un día desperté con ganas de caminar, salí de casa y recorrí aquél callejón vacío como siempre, lo recorrí como tantas veces antes, como lo hago diario, pero era diferente, no llevaba un rumbo, solo buscaba caminar para alejarme, para acercarme, para pensar, para no pensar.
Me hubiera encantado encontrar un callejón sin salida, hallarme en el punto de no tener más a donde ir y "tener que" permanecer ahí, no como una elección si no como un castigo, quizás ese sufrimiento me hubiera redimido, un sufrimiento no elegido, no autoinflingido. El callejón tenía salida así es que me obligo a seguir caminando, voltee la vista y aún veía la casa, la que ya no me pertenecía y de la cuál yo ya no era parte, a la que ya no podría volver, inesperadamente me sentí liberada, una libertad que lejos de saber a gloria, me asustó; una libertad que no alivia, que trae en el paquete la soledad, la soledad que no se disfruta, la soledad que llega de golpe, sin quererla.
Libre ya, seguí caminando, no podía encontrar el camino, carecía de brújula y aunque la hubiera tenido no habría podido elegir un destino, solo me dejaba llevar, caminaba por las calles hasta que una interrupción del camino me hacía doblar y tomar otra, de vez en cuando llegaba a "y griegas" que me obligaban a decidir entre una u otra avenida, no lo pensaba, seguía caminando, tal vez por que el semáforo me lo permitía, o un automovilista amable se detenía para darme el paso, todo el camino fue así, pequeños detalles que te muestran la dirección, tú te abandonas a esos detalles, solo por ser amable, por no ser malagradecida, pero no porque en realidad te importe.
Extrañamente no tenía hambre, sabía que ya era tiempo de comer algo, mi cuerpo reclamaba alimento, mis tripas no dejaban de hacer ruido y emprender una batalla contra mi inconciencia que se los negaba. No comí, seguí caminando, no hable con nadie, solo pensaba, pensaba en el futuro, en uno que debía inventarme, en el futuro que algún día sería el presente ese que nunca imaginé. No quería deternerme, no sabía dónde, no es que estuviera huyendo, solo que no tenía a donde ir.
Tampoco es que estuviera triste o que pensara mucho en el fin del mundo, al contrario, aún podía sonreírme, sorprenderme y enternecerme, así me paso durante el trayecto. El caminar no era un síntoma de depresión o de la felicidad eufórica, solo era un no saber, no tener rumbo.
El cansancio empezaba a hacer estragos en mi cuerpo, mis piernas ya no querían continuar, no les importaba que yo continuará incapaz de encontrar un destino, solo querían detenerse, en el próximo parque, en el próximo hotel, en el próximo café... es más en la banqueta. Así fue como entré a aquél lugar y conocí a esa persona, bebimos chai, comimos pan árabe y hablamos mucho, reímos, lloramos, nos confesamos, confesamos eso que no se cuenta a todos, que no es miedo, que no es felicidad, ya ni siquiera es incertidumbre, solo nosotros nos entendimos.
No sé en qué momento me quedé dormida, al despertar me encontraba en mi cama, la noche anterior no había sido un sueño, no puedo explicarlo, no sé explicarlo. El único recuerdo que tengo de esa noche es una nota que dice:
"Espero que se cumplan tus deseos, esos que no dependen de ti, esos que se esperan con el corazón abierto, y me ha gustado la parte de esperar con el corazón abierto no por pedir un deseo y esperar a que se cumpla... sino de sentir las acciones con el corazón, y no buscarlos con la cabeza."
Me hubiera encantado encontrar un callejón sin salida, hallarme en el punto de no tener más a donde ir y "tener que" permanecer ahí, no como una elección si no como un castigo, quizás ese sufrimiento me hubiera redimido, un sufrimiento no elegido, no autoinflingido. El callejón tenía salida así es que me obligo a seguir caminando, voltee la vista y aún veía la casa, la que ya no me pertenecía y de la cuál yo ya no era parte, a la que ya no podría volver, inesperadamente me sentí liberada, una libertad que lejos de saber a gloria, me asustó; una libertad que no alivia, que trae en el paquete la soledad, la soledad que no se disfruta, la soledad que llega de golpe, sin quererla.
Libre ya, seguí caminando, no podía encontrar el camino, carecía de brújula y aunque la hubiera tenido no habría podido elegir un destino, solo me dejaba llevar, caminaba por las calles hasta que una interrupción del camino me hacía doblar y tomar otra, de vez en cuando llegaba a "y griegas" que me obligaban a decidir entre una u otra avenida, no lo pensaba, seguía caminando, tal vez por que el semáforo me lo permitía, o un automovilista amable se detenía para darme el paso, todo el camino fue así, pequeños detalles que te muestran la dirección, tú te abandonas a esos detalles, solo por ser amable, por no ser malagradecida, pero no porque en realidad te importe.
Extrañamente no tenía hambre, sabía que ya era tiempo de comer algo, mi cuerpo reclamaba alimento, mis tripas no dejaban de hacer ruido y emprender una batalla contra mi inconciencia que se los negaba. No comí, seguí caminando, no hable con nadie, solo pensaba, pensaba en el futuro, en uno que debía inventarme, en el futuro que algún día sería el presente ese que nunca imaginé. No quería deternerme, no sabía dónde, no es que estuviera huyendo, solo que no tenía a donde ir.
Tampoco es que estuviera triste o que pensara mucho en el fin del mundo, al contrario, aún podía sonreírme, sorprenderme y enternecerme, así me paso durante el trayecto. El caminar no era un síntoma de depresión o de la felicidad eufórica, solo era un no saber, no tener rumbo.
El cansancio empezaba a hacer estragos en mi cuerpo, mis piernas ya no querían continuar, no les importaba que yo continuará incapaz de encontrar un destino, solo querían detenerse, en el próximo parque, en el próximo hotel, en el próximo café... es más en la banqueta. Así fue como entré a aquél lugar y conocí a esa persona, bebimos chai, comimos pan árabe y hablamos mucho, reímos, lloramos, nos confesamos, confesamos eso que no se cuenta a todos, que no es miedo, que no es felicidad, ya ni siquiera es incertidumbre, solo nosotros nos entendimos.
No sé en qué momento me quedé dormida, al despertar me encontraba en mi cama, la noche anterior no había sido un sueño, no puedo explicarlo, no sé explicarlo. El único recuerdo que tengo de esa noche es una nota que dice:
"Espero que se cumplan tus deseos, esos que no dependen de ti, esos que se esperan con el corazón abierto, y me ha gustado la parte de esperar con el corazón abierto no por pedir un deseo y esperar a que se cumpla... sino de sentir las acciones con el corazón, y no buscarlos con la cabeza."
viernes, 6 de mayo de 2011
Síntomas
Creo que me estoy enfermando y es grave.
...ni tan libre, ni tan feliz, ni tan yo...
...ni tan, tan.
No es normal extrañar tanto, ni andar tan sensible, ni tan de buenas, ni tan de malas, ni tan bipolar, ni tan ojos brillantes, ni tan despeinada, ni tan ciclista, ni tan motociclista, ni tan soñadora, ni tan fiel, ni tan emocionada, ni tan sonrisa perfecta, ni tan bicha, ni tan inspirada, ni tan despierta, ni tan insomne, ni tan desesperada, ni tan cursi, ni tan tragona, ni tan inapetente, ni tan lectora, ni tan chillona, ni tan bailadora, ni tan parlanchina, ni tan protagonista, ni tan antagónica, ni tan feromona, ni tan humana, ni tan salvaje, ni tan pensativa, ni tan melancólica, ni tan astuta, ni tan móvil, ni tan etérea, ni tan fuego, ni tan agua, ni tan tierra, ni tan sutil, ni tan arrebatada, ni tan mundana, ni tan sujeto, ni tan objeto, ni tan deliciosa, ni tan antojable, ni tan antojadiza, ni tan antónimo, ni tan sinónimo, ni tan cronopio, ni tan fama, ni tan arrabalesca, ni tan ostentosa, ni tan posmoderna, ni tan cocinera, ni tan verbo, ni tan adjetivo, ni tan tinta, ni tan hija, ni tan sobrina, ni tan consejera, ni tan analista, ni tan rica, ni tan pobre, ni tan rosa, ni tan morada, ni tan neomexicana, ni tan efímera, ni tan luchadora, ni tan política, ni tan apartidista, ni tan marxista, ni tan arte, ni tan ingeniera, ni tan internacionalista, ni tan cafetera, ni tan cinéfila, ni tan soñadora, ni tan creadora, ni tan creativa, ni tan leninista, ni tan encantada, ni tan bruja, ni tan princesa, ni tan colorida, ni tan mexicana, ni tan ciudadana, ni tan asustada, ni tan hippie...
...ni tan libre, ni tan feliz, ni tan yo...
...ni tan, tan.
sábado, 29 de enero de 2011
Inconciencia
Quiero recordarlo todo, cada uno de los besos que nos dimos y no puedo.
En mis labios hay indicios de otros labios, mi boca recuerda la tuya y yo no, yo tengo una imagen borrosa de esa noche, en mi cabeza retumban ecos de tus palabras, esas que no sé si dijiste o las invento.
Mis manos recuerdan tu espalda, mi olfato recuerda tu aroma, mi mente recrea una y otra vez las imágenes de esa noche. Yo no, yo no puedo, no recuerdo nada.
Recurro a ti, necesito tu ayuda, solo quiero despejar estas dudas que carcomen. Tenemos que vernos y besarnos nuevamente, tendré que acariciar tu cuerpo, sentir tus labios, escuchar tu respiración, tal vez solo así pueda descubrir la verdad.
Te pido seas muy paciente, mi memoria nunca es buena, te ruego que si eso no funciona y es necesario repetirlo, lo hagamos una y otra y otra vez hasta que sea capaz de distinguirlo todo, de recordar tu sabor, de quedarme con tu aroma, de reconocer tus manos y tus labios y no olvidarlos nunca.
En mis labios hay indicios de otros labios, mi boca recuerda la tuya y yo no, yo tengo una imagen borrosa de esa noche, en mi cabeza retumban ecos de tus palabras, esas que no sé si dijiste o las invento.
Mis manos recuerdan tu espalda, mi olfato recuerda tu aroma, mi mente recrea una y otra vez las imágenes de esa noche. Yo no, yo no puedo, no recuerdo nada.
Recurro a ti, necesito tu ayuda, solo quiero despejar estas dudas que carcomen. Tenemos que vernos y besarnos nuevamente, tendré que acariciar tu cuerpo, sentir tus labios, escuchar tu respiración, tal vez solo así pueda descubrir la verdad.
Te pido seas muy paciente, mi memoria nunca es buena, te ruego que si eso no funciona y es necesario repetirlo, lo hagamos una y otra y otra vez hasta que sea capaz de distinguirlo todo, de recordar tu sabor, de quedarme con tu aroma, de reconocer tus manos y tus labios y no olvidarlos nunca.
miércoles, 12 de enero de 2011
Cambio de look
Ya lo sé, me viste y te gusté, querías hablarme, pregutarme mi nombre e invitarme algo. Yo sonreía y me encantó tu forma de mirarme, cuando estuve más cerca quedaste desconcertado, me esperabas, pero no creías que fuera yo, siempre fui yo y ya nos conocíamos, ahí habíamos quedado de vernos, esa era nuestra cita.
Año nuevo
Brindaron desnudos por el nuevo año, por él, por ella, por su efímero encuentro. Brindaron por los recuerdos avasalladores; por los arrebatos del pasado, pasado lejano, el pasado que ahora no saben si fue real o lo inventaron. El pasado que ayer era claro y ahora lo ven borroso, el pasado en el que los hechos cambiaron y las emociones que sentían eran otras, no las de su presente.
El pasado que ya nunca es real, que se fue deformando con cada sorbo de vida con cada trago y suspiro y sueño...
Con cada jadeo se deseaban un mejor futuro. Con cada giro en la cama iban ofreciéndose el uno al otro, entregándose por completo. Con cada beso y abrazo se reconocían otra vez, como antes, como el otro día del otro mes del otro año.
Recordaron su "no relación" que mantienen desde hace tiempo, su primer beso que ambos se acusan de haberlo robado aunque es seguro que los dos lo deseaban. Recordaron también sus encuentros anteriores tan efímeros como este en los que por azares del destino coincidían en tiempo y espacio. "Siempre igual" creyeron ingenuamente.
Hablaron muy poco de sus desconocidas vidas; disfrutaron los silencios, el vino, la música, el ruido de su respiración, sus manos entrelazadas, los abrazos... "estaban ahí en estado de amor puro. ¿Se imagina lo que debe ser un amor así, sin el desgaste de lo cotidiano, de lo obligatorio?"
El amanecer los tomó por sorpresa, se vistieron, tomaron su turno para entrar al baño, querían actuar como si nada; un encuentro más. En silencio salieron de la habitación y subieron al auto, sonrieron, intentaron aparentar, pero esta vez era diferente.
El pasado que ya nunca es real, que se fue deformando con cada sorbo de vida con cada trago y suspiro y sueño...
Con cada jadeo se deseaban un mejor futuro. Con cada giro en la cama iban ofreciéndose el uno al otro, entregándose por completo. Con cada beso y abrazo se reconocían otra vez, como antes, como el otro día del otro mes del otro año.
Recordaron su "no relación" que mantienen desde hace tiempo, su primer beso que ambos se acusan de haberlo robado aunque es seguro que los dos lo deseaban. Recordaron también sus encuentros anteriores tan efímeros como este en los que por azares del destino coincidían en tiempo y espacio. "Siempre igual" creyeron ingenuamente.
Hablaron muy poco de sus desconocidas vidas; disfrutaron los silencios, el vino, la música, el ruido de su respiración, sus manos entrelazadas, los abrazos... "estaban ahí en estado de amor puro. ¿Se imagina lo que debe ser un amor así, sin el desgaste de lo cotidiano, de lo obligatorio?"
El amanecer los tomó por sorpresa, se vistieron, tomaron su turno para entrar al baño, querían actuar como si nada; un encuentro más. En silencio salieron de la habitación y subieron al auto, sonrieron, intentaron aparentar, pero esta vez era diferente.
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