lunes, 16 de enero de 2012

Huída

Llegué a la cita con una carga de fastidio, como ya lo suponía lo encontré rodeado de personas, todas muy interesantes e interesadas en su obra, le hacían las preguntas que ya me había respondido en la intimidad. No notó mi presencia o la ignoró, me daba igual.

Saludé a unos cuantos conocidos y me acerqué a él justo cuando platicaba con aquella mujer a la que yo admiraba, él era conciente de mi casi devoción por ella, así que supuse una presentación glamorosa y en lugar de eso me saludó con su peor mueca, la de la indiferencia; continuó su conversación sin siquiera mirarme. Me enojé, quise gritarle, presentarme ¡había tantas cosas que quería discutir con aquella mujer! Ella mencionó su nombre (como si yo no lo supiera) y un mucho gusto que para entonces ya lanzaba al aire, pues yo rabiosa por aquél terrible primer encuentro ya había dado la media vuelta.

Busqué un rincón desde el cual él pudiera verme, me instalé junto a la barra mostrando un falso desinterés por su trabajo, mi tedio era real y no hacía nada por disimularlo, por el contrario, exageraba mis gestos para hacer evidente el hastío que me producía el lugar y el ambiente que en otras circunstancias, si tan solo estuviera a mi lado, me habrían relultado encantadores. Nunca volteó, ni por un momento fijó su mirada en mí, se había roto el encanto. Sabíamos que nuestra relación agonizaba y ambos éramos espectadores. Ninguno hicimos nada, ya habíamos decidido dejarla morir, era lo único en lo que estábamos de acuerdo.

El mesero se empeñaba en mantener lleno mi vaso y yo caprichosamente me empeñaba en vaciarlo, a cada sorbo imaginaba la pelea de más tarde. Llegaríamos a casa en silencio, al prender la luz aclararía su garganta e iniciaría la batalla. Reclamaría mi tedio, mi falta de atención, yo enlistaría a gritos cada uno de los detalles que hicieron la noche de-tes-ta-ble, él pretextaría estupidez, incapacidad. A mitad del show nos prometeríamos una vida maravillosa, promesa que ninguno planeaba cumplir. Sellaríamos el trato con un beso sin importancia, condecendiente, sin emoción. Me susurraría al oído cuánto me desea y cuanto le gusta cada parte de mi cuerpo mientras sus labios recorren cada lugar que va nombrando. Mi cuerpo se estremecería e iría cediendo con cada beso, con cada caricia, volvíendome ligera. ¿Lo disfrutaríamos? Sí, por la costumbre, pero siempre ausentes, con movimientos mecánicos que sabemos de memoria, como cuando resuelves ese rompecabezas que has hecho una y otra vez, ese que te desveló la primer vez, por el que dejaste de comer, el que era un reto, pero que ahora con el paso del tiempo puedes casi resolverlo a ojos cerrados y ya no representa emoción alguna.

Justo en el climax de mi imaginación lance un grito ahogado, supe que jamás nos perdonaríamos. Temí repetir esta noche una y otra y otra vez. Me sentí sofocada, vacié nuevamente mi vaso y me marché…

Nunca más lo volví a ver.

miércoles, 11 de enero de 2012

Ella

Hoy tenía ganas de escribir de ella, la mujer que sin saberlo me produce mariposas en la panza y náuseas infinitas. No puedo.

Allá ella.