Soñó con aquél, aquél al que amaba hasta la naúsea, sí, no hasta el desmayo, no hasta la muerte, no hasta la Luna y de regreso ¡no! Hasta la náusea. Y es que cuando se enamoraba le daban ganas de vomitar conejos como el protagonista de un cuento de Cortázar.
Desafortunadamente la risa de aquella mujer, que dormía en la habitación de junto, la despertó en el mejor momento del sueño.
Todo el día las imágenes del sueño daban saltos por su cabeza, le ponía play una y otra y otra vez, hasta hacerlo más nítido, cambió los colores, la temperatura, el clima... quizás ya nisiquiera era el sueño que tuvo dormida, ya había convertido eso en un collage de deseos, uno tras otro se iban "materializando" en su nueva cinta ¡qué encantadora le quedaba la edición!
Y estuvo a punto de escribirlo, de describir detalle a detalle. De exagerar lo maravilloso que fue. Y de pronto se sintió aterrada, sabía que al terminar de escribir el sueño lo desearía como nunca, no habría manera de olvidarlo si lo ponía en palabras escritas, una vez enunciado, el sueño se convertiría en algo tormentoso (si de por sí ya lo estaba siendo). Sabía que tenía que olvidarlo, que deshacerse de él lo antes posible o la carcomería ¡pero si solo es un sueño! Exacto, no quiere que sea solo un sueño y sabe que solo es eso, prefiere hacer de cuenta que no soñó nada, tal vez el tiempo, tal vez el olvido. Y nada, el sueño sigue ahí, en su mente, siendo sueño. Prefiere ir a dormir, quizá mañana sea otro el sueño.