martes, 20 de octubre de 2009

¿A qué sabe la felicidad? Toma 1

Despertó muy temprano, casi al amanecer, era lunes. Lejos de estar molesta por haber dormido únicamente tres horas, se sentía emocionada, estaba decidida a encontrar el sabor de la felicidad, saborearlo y disfrutarlo. Se levantó apresuradamente, era una señal, cosquillas en la panza, pero no mariposas, cosquillas extrañas. Añadir imagen

Días antes, en una reunión familiar una de sus pequeñas sobrinitas (en su familia abundan esos pequeños seres llamados niños que por el simple hecho de existir hacen de este mundo un mejor lugar para vivir)le preguntó cual era el sabor de la felicidad, ella sintió un frío invasor que recorría todo su cuerpo, raro en ella, pero se puso nerviosa al no saber la respuesta. Con su complejo de saberlo todo y lo que no inventarlo (acostumbrada a inventar, por eso de desconocer mucho) en ese momento solo atinó a responder que la felicidad sabe a crack ups y corriendo salió a la tienda a comprar un sobrecito de estos dulces para la pequeña preguntona.

Su sobrinita quedó contenta, tal vez por la respuesta o solo por los dulces, pero ella no, ella ahora estaba inquieta, desconocía el sabor de la felicidad y quería encontrarlo. Se dispuso a ello.

Fue así como comenzó su día, con la interrogante y las cosquillas en la panza saltó de la cama y lo primero que hizo fue abrir sus persianas, desde la ventana observó el amanecer, hace mucho que no lo veía y quedó extasiada con los tonos violáceos de esa mañana, recordó los tiempos de la preparatoria, de cuando salía muy temprano de casa y en lugar de ir a sus clases de inglés que la aburrían a muerte, se iba al hospital a desayunar con su tío, era toda una aventura, al principio era una odisea poder entrar hasta aquella habitación del hospital sin ser interceptada por los guardias, llegar con su tío y acompañarlo en el desayuno, inventarles una confusa historia a las enfermeras para no ser delatada y salir huyendo antes de la hora de las visitas para no ser vista por ningún familiar suyo, al hacer eso constantemente todo fue cambiando, llegaba saludando a todo el hospital, las enfermeras llevaban doble porción de gelatina y dos tacitas de té, el señor de la cafetería le regalaba una dona y su tío guardaba el secreto, nadie debía enterarse que ella faltaba a sus clases, todo eran risas, la complicidad era divertida hasta que su tío fue dado de alta y sin esas visitas matinales ella regresó a la rutina del inglés.

Desde su ventana sonrió al recordar esas aventuras, continuó con la mirada perdida en el horizonte, quiso comerse el cielo, parecía un algodón de azúcar.

En ese momento más memorias vinieron a su mente, recordó cuanto le gustaban los algodones de azúcar, recordó que cuando pequeña, su papá, a escondidas de su madre, le compraba las deliciosas golosinas, se recordó junto a su hermano en los diciembres que iban a la Alameda a fotografiarse con los Reyes Magos y entonces ellos corrían y saltaban persiguiendo las tiritas de algodón que salían de las grandes cazuelas y volaban hasta perderse en el cielo, quedarse en las ramas o ser atrapados por niños mas audaces que ellos. Añoró su infancia.

Al imaginar el sabor del algodón de azúcar, también recordó aquella tarde en que por vez primera se ponían ofrendas en el Zócalo de la Ciudad, ella había ido con él, apenas se conocían, eran amigos y entre ellos se sentía algo… poniéndose cursi pensó “amor”. Sonrió al recordar los besos no dados aquella tarde en la que comían algodón de azúcar, en esa tarde en la que ella cayó al vacío y se enamoró perdidamente.

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