De vuelta a mis actividades ¡qué alegría salir de casa! Regresar a las carreras matinales, correr por que el reloj marca que ya voy tarde…
¡Estoy feliz! Hoy desperté haciéndome la misma pregunta que hace algunos meses… ¿a qué sabe la felicidad?
Supongo que no tiene un sabor o que en caso de tenerlo es un sabor diferente para cada uno de nosotros.
Recordé algunos momentos felices y ya sé a que sabe la felicidad, aunque no siempre tiene el mismo sabor, tal vez no estaba tan equivocada cuando le dije a mi sobrinita que sabia a crack ups.
¿A qué me sabe la felicidad?
A un buen café caliente por la mañana.
A un té con leche en una tarde de lluvia.
A los besos de mi novio fumador.
A un buen vino tinto con una buena compañía.
A un vino tinto acompañado de aceitunas y carnes frías en una noche de tormenta desde un balcón con vista al mar.
A un delicioso pain au chocolat con café en una mañana fría después de haber viajado más de 24 horas.
A pasta hecha por Alejandra y servida en el patio de su casa a la luz de las velas con música de violines provenientes del restaurante de al lado.
A los arbolitos cocinados por la mamá de la China.
Al bacardi strawberry con sprite tomado por vez primera en el patio de mi escuela.
Al vino espumoso del día de mi graduación.
Al bacalao, los romeritos, la pierna, el pavo y a todos los platillos navideños.
A los chiles en nogada que preparé para “alguien especial”.
A las lejías (cerveza con refresco de limón) en una noche de desvelo y diversión con amigos recién encontrados.
Al recuerdo del sazón de mi abuelita.
A la fruta picada de la abuelita de Rossette.
A las dos tiritas de zanahoria con aguacate en casa de Athenea cuando hacíamos trabajos escolares.
Al whisky de relajación en pleno vuelo de Cancún a la Cd. de México
Al bufete del restaurante del Aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez después de un gran viaje.
A las nieves que están por el metro Chabacano o a las de Roxy.
A comida argentina el día de tu cumpleaños.
Al pastel de chocolate blanco de mis quince años.
Al tequila de mi primer borrachera.
A los mojitos de la Bodeguita con los otros dos mosqueteros.
A la “harta pasta” de “la Bota”.
A las bebidas de media noche en días de octubre con brillantes lunas.
A las sincronizadas de la primera vez.
A los macarrons franceses, macarrons, macarrons!
A un tazo (awake, chai, zen) con leche y vainilla.
A las tejitas de almendras.
Pienso en tantos sabores que asocio con la felicidad y es que a eso sabe la felicidad, a todos esos buenos momentos que has pasado en tu vida, a todas las cosas que recuerdas con una gran sonrisa y un delicioso sabor de boca…
¿A qué te sabe?
¡Estoy feliz! Hoy desperté haciéndome la misma pregunta que hace algunos meses… ¿a qué sabe la felicidad?
Supongo que no tiene un sabor o que en caso de tenerlo es un sabor diferente para cada uno de nosotros.
Recordé algunos momentos felices y ya sé a que sabe la felicidad, aunque no siempre tiene el mismo sabor, tal vez no estaba tan equivocada cuando le dije a mi sobrinita que sabia a crack ups.
¿A qué me sabe la felicidad?
A un buen café caliente por la mañana.
A un té con leche en una tarde de lluvia.
A los besos de mi novio fumador.
A un buen vino tinto con una buena compañía.
A un vino tinto acompañado de aceitunas y carnes frías en una noche de tormenta desde un balcón con vista al mar.
A un delicioso pain au chocolat con café en una mañana fría después de haber viajado más de 24 horas.
A pasta hecha por Alejandra y servida en el patio de su casa a la luz de las velas con música de violines provenientes del restaurante de al lado.
A los arbolitos cocinados por la mamá de la China.
Al bacardi strawberry con sprite tomado por vez primera en el patio de mi escuela.
Al vino espumoso del día de mi graduación.
Al bacalao, los romeritos, la pierna, el pavo y a todos los platillos navideños.
A los chiles en nogada que preparé para “alguien especial”.
A las lejías (cerveza con refresco de limón) en una noche de desvelo y diversión con amigos recién encontrados.
Al recuerdo del sazón de mi abuelita.
A la fruta picada de la abuelita de Rossette.
A las dos tiritas de zanahoria con aguacate en casa de Athenea cuando hacíamos trabajos escolares.
Al whisky de relajación en pleno vuelo de Cancún a la Cd. de México
Al bufete del restaurante del Aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez después de un gran viaje.
A las nieves que están por el metro Chabacano o a las de Roxy.
A comida argentina el día de tu cumpleaños.
Al pastel de chocolate blanco de mis quince años.
Al tequila de mi primer borrachera.
A los mojitos de la Bodeguita con los otros dos mosqueteros.
A la “harta pasta” de “la Bota”.
A las bebidas de media noche en días de octubre con brillantes lunas.
A las sincronizadas de la primera vez.
A los macarrons franceses, macarrons, macarrons!
A un tazo (awake, chai, zen) con leche y vainilla.
A las tejitas de almendras.
Pienso en tantos sabores que asocio con la felicidad y es que a eso sabe la felicidad, a todos esos buenos momentos que has pasado en tu vida, a todas las cosas que recuerdas con una gran sonrisa y un delicioso sabor de boca…
¿A qué te sabe?
A anhelo y nostalgia
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