Era un día común y corriente, de lo contrario recordaría la fecha. Salimos de la escuela y juntos emprendimos el camino a casa... No recuerdo cuál camino, ni recuerdo si íbamos a su casa, a la mía o a la de la tía... En la casa de la tía estaba yo sola viendo televisión en una pantalla que ocupaba toda una pared, -algo exagerado- pensé... Habían cinco o seis cachorritos, tal vez eran solo dos, aunque de hecho solo recuerdo uno... Yo jugaba con el torpe perrito, lo ponía en la gigantesca cama, igual de exagerada que la pantalla, y lo dejaba caminar hasta que estuviera al borde del abismo, entonces lo observaba dudar para dar el siguiente paso, lo cogía antes de que tomara su decisión y lo ponía en otra parte de la cama, el perro tonto repetía siempre la misma acción y yo más tonta lo observaba bobamente.
Él tocó el timbre ¡chin! yo no estaba lista ¿para qué? no recuerdo, pero la sensación era que yo no estaba lista, no le quería abrir ¡aún no estaba lista! mi corazón comenzó a latir con mucha fuerza, salió huyendo, cruzó el Atlántico y volvió justo en el momento en que abrí la puerta.
Nos besamos, fue un beso común y corriente, un beso de bienvenida, de esos sin emoción que se dan más por costumbre, sus labios eran otros, era él, pero sus labios eran de otro...
Me tomó por la cintura y así subimos las largas escaleras de caracol que parecían no tener fin. Él, yo, ambos llevábamos prisa y fuimos directo a la cama, que ya no era tan grande, no puse resistencia, comenzó a besar mi cuello y ¡oh! eso desencadenó todo.
Nos envolvimos en una burbuja de besos y caricias. Todo lo demás era borroso, la poca luz que iluminaba la habitación llenaba todo con sombras cómplices, la temperatura de nuestros cuerpos se elevó en un instante, sus manos eran suaves como siempre, pero yo no las reconocía; su cabello estaba más largo de lo normal... ahí estábamos, despojados de la ropa y de las inhibiciones, entregándonos, confiando uno en el otro
De pronto me pidió que le hablará en francés, por un segundo quedé inmóvil, no entendía para que quería que le hablara en ese idioma, o en otro, o por que quería escucharme... Yo sabía el efecto de las groserías durante el sexo, pero... ¿palabras en otro idioma? No se me ocurría alguna... De pronto... ¡pf! ¡los números!
- un
- ¿qué más? (mientras me sujetaba con más fuerza)
- deux (yo conteniendo el aliento)
- sigue (con un susurro en la oreja)
- trois (apenas sonoro)
- más, más, más...
- quatre... cinq... ¡six!
- bien, el que sigue (nuestra respiración más agitada que antes)
- huit
-¡no! te falta el siete... ¡vamos!
Empezó a faltarme el aire, con sus manos y sus labios por todo mi cuerpo, no podía concentrarme, quería decirlo, quería recordarlo, no quería que el juego terminara por un maldito siete... Sus manos me presionaban para que yo buscara esa palabra en todos los recovecos de mi cerebro... ¡nada! solo sentía y quería seguir sintiendo, quería seguir estremeciéndome entre su cuerpo...
¡Sept! lo recordé, lo grité y abrí los ojos... De nuevo estaba ahí, en mi habitación, con la luz apagada, a las cuatro de la mañana, un día entre semana y sola...
Él tocó el timbre ¡chin! yo no estaba lista ¿para qué? no recuerdo, pero la sensación era que yo no estaba lista, no le quería abrir ¡aún no estaba lista! mi corazón comenzó a latir con mucha fuerza, salió huyendo, cruzó el Atlántico y volvió justo en el momento en que abrí la puerta.
Nos besamos, fue un beso común y corriente, un beso de bienvenida, de esos sin emoción que se dan más por costumbre, sus labios eran otros, era él, pero sus labios eran de otro...
Me tomó por la cintura y así subimos las largas escaleras de caracol que parecían no tener fin. Él, yo, ambos llevábamos prisa y fuimos directo a la cama, que ya no era tan grande, no puse resistencia, comenzó a besar mi cuello y ¡oh! eso desencadenó todo.
Nos envolvimos en una burbuja de besos y caricias. Todo lo demás era borroso, la poca luz que iluminaba la habitación llenaba todo con sombras cómplices, la temperatura de nuestros cuerpos se elevó en un instante, sus manos eran suaves como siempre, pero yo no las reconocía; su cabello estaba más largo de lo normal... ahí estábamos, despojados de la ropa y de las inhibiciones, entregándonos, confiando uno en el otro
De pronto me pidió que le hablará en francés, por un segundo quedé inmóvil, no entendía para que quería que le hablara en ese idioma, o en otro, o por que quería escucharme... Yo sabía el efecto de las groserías durante el sexo, pero... ¿palabras en otro idioma? No se me ocurría alguna... De pronto... ¡pf! ¡los números!
- un
- ¿qué más? (mientras me sujetaba con más fuerza)
- deux (yo conteniendo el aliento)
- sigue (con un susurro en la oreja)
- trois (apenas sonoro)
- más, más, más...
- quatre... cinq... ¡six!
- bien, el que sigue (nuestra respiración más agitada que antes)
- huit
-¡no! te falta el siete... ¡vamos!
Empezó a faltarme el aire, con sus manos y sus labios por todo mi cuerpo, no podía concentrarme, quería decirlo, quería recordarlo, no quería que el juego terminara por un maldito siete... Sus manos me presionaban para que yo buscara esa palabra en todos los recovecos de mi cerebro... ¡nada! solo sentía y quería seguir sintiendo, quería seguir estremeciéndome entre su cuerpo...
¡Sept! lo recordé, lo grité y abrí los ojos... De nuevo estaba ahí, en mi habitación, con la luz apagada, a las cuatro de la mañana, un día entre semana y sola...
¿Porque Yo no puedo tener sueños que erizan la piel y despiertan el instinto?
ResponderEliminarSi no tienes sueños... busca en tu pasado que seguro hay recuerdos!
ResponderEliminarFunciona igual!