lunes, 7 de diciembre de 2009

Primer viaje

Ella llegó, solitaria como había estado en los últimos meses, con todas sus esperanzitas en una mochila naranja, su mochila favorita de todos los tiempos, su cómplice de tantas proezas universitarias, su bolsa carísima de París repleta con artículos de belleza que pretendía utilizar.

Al cruzar las puertas del aeropuerto se dio cuenta que se encontraba a mitad de la nada. Regresó a la calidez del interior, después de todo se sentía segura dentro. Se sentó, respiro profundamente, unos suspiros ahogados, se estaba preparando para enfrentarse a sus miedos, le costó trabajo. De pronto muchas dudas entraron en su mente. ¿Y si él no estaba? ¿Y si nunca más lo volvía a ver? ¿y si no encontraba la dirección? Quiso abordar el avión nuevamente, regresar a lo conocido. Quiso llorar...

De pie y en marcha, intempestiva e impredecible como siempre. Abordó un taxi y así soltó sus miedos.

Llegó al lugar, la esperaban, le entregaron una llave que abría la habitación 107. Él no estaba, ella echó un vistazo y solo encontró las pertenencias de él, quiso revisarlas, quiso buscar qué traía él consigo, decidió que mejor no, recordó que si bien la curiosidad no mató al gato, sí lo apendejó un rato y ella quería estar lista con todos sus sentidos para encontrarse con él.

Dejó mochila y bolsa junto con sus esperanzas, recargadas en la cama. Salió a dar un paseo. Deseo encontrarlo. Caminó sin rumbo, entró a un banco, realizó una llamada, revisó su correo electrónico, se compró una empalagosa nieve. Busco ingredientes para prepararle una rica ensalada a él, no tuvo suerte o quizás sí, no encontró los ingredientes, pero sabía que de todos modos la ensalada no le habría gustado así es que sonrió. Volvió.

Él ya se encontraba en la habitación y aunque deseaba verla tanto o más que ella a él, cuando ella llamó a la puerta, él abrió con desgana, pensando que era alguien más, aún no había notado su mochila naranja.

Cuando estuvieron de frente, fue mágico, se iluminaron el uno al otro. Se miraron hermosamente, se sonrieron y se abrazaron.

Se contaron los pormenores del viaje que ambos y por separado habían hecho para encontrarse en la habitación 107 del Hotel Casa Blanca.

Decidieron recostarse, a pesar del viaje ninguno estaba cansado, pero querían estar juntos, muy cerca y cada vez más. Se dejaron llevar el uno por el otro, todo lo detonó un beso y les fue imposible parar. No querían detenerse. Se amaron, se conocieron, fueron delicados, fueron agresivos. Querían devorarse. Lo hicieron...

Se calmaron, se besaron y un abrazo que duró una eternidad los mantuvo juntos por mucho tiempo. Salieron, caminaron un rato y fueron a comer algo.

1 comentario:

  1. Estuve leyendo tus textos, me hicieron recordar a Milan Kundera, pero de forma fina, como una línea delgada más que gruesa que se aleja de la política. Y también me vino a la memoria, como un pinchazo, como un punctum, según Barhtes, momentos efímeros y fortuitos de mi vida. Pero no sólo eso, sino que lo que no había vivido, fue motivo para la construcción de un imaginario y después llevarlos a la "realidad". Tú escritura plantea situaciones que llevan a la acción del que lo lee, ya sean recreaciones en la mente o físicamente. Espero sigas escribiendo.

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