Empujé las puertas de vidrio que me advertían que dentro estaba desierto. Crucé los cristales cuidadosamente lavados, transparentísimos. Me encontré frente a un pasillo algo estrecho y a media luz que terminaba en un mostrador.
Caminé el largo pasillo cubierto con una delicada alfombra, todo era genial, este no era un hotel de paso, no es que conozca muchos, pero mi experiencia me permite calificarlos de fríos y comunes, este era diferente. No era un hotel de paso ¿Acaso era un hotel?
De decoración exquisita todo encajaba. Elegante. No quería sentirme elegante esa noche, pero el lugar me obligaba a adoptar actitudes que no tengo a diario. Me recuerdo con un vestido de seda en tonos oscuros, negro o azul marino quizá, zapatos negros de tacón, caminando lo más erguida posible y con una sonrisa, de esas que hago cuando sé que me observan y no quiero que la persona en cuestión advierta que lo sé. Seguro que nadie me observaba, yo quería que así fuera, sabía que no. Solo practicaba.
La luz tenue apenas inundaba el pasillo, iluminaba los escasos muebles que se encontraban en él. Después de unos pasos que me parecieron una eternidad llegué a la recepción, como ya lo había pensado, nadie acudió a mi encuentro.
Toque la campanita para advertirte mi llegada, seguro que al escucharla levantaste las cejas y mordiste tu labio inferior, me esperabas.
Llegué hasta la puerta de aquella habitación y no tuve que tocar, me recibiste con tu mejor sonrisa, yo hice una mueca, la más parecida a tu sonrisa, te miré con unos ojos coquetos que intentaban darte una introducción a lo que pasaría instantes seguidos. No dijimos nada, permanecimos en silencio, no había necesidad de hablar, nuestras miradas lo decían todo ¡cuánto nos habíamos extrañado!
Nos besamos, un beso cálido de reencuentro, duró largo tiempo, acariciaste mi espalda y besaste mi frente. Con mi cara frente a tu pecho, me recargué en él y me sentí segura, quise abrazarte pero mi bolso me lo impedía, lo deje caer y en ese momento fuiste bajando tus manos, recorriste mi espalda y te detuviste justo en el lugar en el que se juntan la cadera y las nalgas. En un acto casi simultáneo tire de la cinta del famoso vestido “easy-access” y lo dejé caer a la alfombra, la sensación de la tela bajando por mi cuerpo y el frío propio de la desnudez pusieron mi piel chinita, ya había empezado y no quería detenerme, no pensaba hacerlo.
Mirándote a los ojos desabroche los botones de tu pantalón y saqué tu pene. Sonreímos cómplices de aquello.
Seguía mirándote a los ojos mientras me arrodillaba, luego bajé los ojos y lo miré, lo contemplé y lo tomé delicadamente con ambas manos. Sabía que me observabas, hiciste un sonido, lo más parecido a un esbozo de satisfacción, supe que te gustaba, querías que siguiera. Lo besé suavemente y continué acariciándolo por breves instantes. Lo introduje en mi boca y noté como se endurecía más y aumentaba de tamaño, empecé a mover la lengua, tú acariciaste mi cabello. Te sentaste en el filo de la cama.
Arrodillada frente a ti continué recorriendo tu pene con mi lengua, no podías quitarme los ojos de encima, los abrías y tenías que cerrarlos por esa satisfacción, mientras yo dejaba que entraras y salieras de mi boca a tu antojo. Sujete con firmeza tu pene entre mis labios y comencé a succionar, era como si quisiera absorberte de esa forma, no dejé de mover la lengua con vaivenes suaves.
Yo también te miraba, me encantaba verte disfrutando, me encantaba tu forma de verme, me excitaba aún más. Seguí...
Devoraba, lamía, chupaba, besaba... y llegó. Tus piernas se tensaron, sujetaste fuerte mi cabeza entre tus manos, tu respiración se agitó más y los gemidos aumentaron. Recargaste tus labios en mi frente y eyaculaste.
Caminé el largo pasillo cubierto con una delicada alfombra, todo era genial, este no era un hotel de paso, no es que conozca muchos, pero mi experiencia me permite calificarlos de fríos y comunes, este era diferente. No era un hotel de paso ¿Acaso era un hotel?
De decoración exquisita todo encajaba. Elegante. No quería sentirme elegante esa noche, pero el lugar me obligaba a adoptar actitudes que no tengo a diario. Me recuerdo con un vestido de seda en tonos oscuros, negro o azul marino quizá, zapatos negros de tacón, caminando lo más erguida posible y con una sonrisa, de esas que hago cuando sé que me observan y no quiero que la persona en cuestión advierta que lo sé. Seguro que nadie me observaba, yo quería que así fuera, sabía que no. Solo practicaba.
La luz tenue apenas inundaba el pasillo, iluminaba los escasos muebles que se encontraban en él. Después de unos pasos que me parecieron una eternidad llegué a la recepción, como ya lo había pensado, nadie acudió a mi encuentro.
Toque la campanita para advertirte mi llegada, seguro que al escucharla levantaste las cejas y mordiste tu labio inferior, me esperabas.
Llegué hasta la puerta de aquella habitación y no tuve que tocar, me recibiste con tu mejor sonrisa, yo hice una mueca, la más parecida a tu sonrisa, te miré con unos ojos coquetos que intentaban darte una introducción a lo que pasaría instantes seguidos. No dijimos nada, permanecimos en silencio, no había necesidad de hablar, nuestras miradas lo decían todo ¡cuánto nos habíamos extrañado!
Nos besamos, un beso cálido de reencuentro, duró largo tiempo, acariciaste mi espalda y besaste mi frente. Con mi cara frente a tu pecho, me recargué en él y me sentí segura, quise abrazarte pero mi bolso me lo impedía, lo deje caer y en ese momento fuiste bajando tus manos, recorriste mi espalda y te detuviste justo en el lugar en el que se juntan la cadera y las nalgas. En un acto casi simultáneo tire de la cinta del famoso vestido “easy-access” y lo dejé caer a la alfombra, la sensación de la tela bajando por mi cuerpo y el frío propio de la desnudez pusieron mi piel chinita, ya había empezado y no quería detenerme, no pensaba hacerlo.
Mirándote a los ojos desabroche los botones de tu pantalón y saqué tu pene. Sonreímos cómplices de aquello.
Seguía mirándote a los ojos mientras me arrodillaba, luego bajé los ojos y lo miré, lo contemplé y lo tomé delicadamente con ambas manos. Sabía que me observabas, hiciste un sonido, lo más parecido a un esbozo de satisfacción, supe que te gustaba, querías que siguiera. Lo besé suavemente y continué acariciándolo por breves instantes. Lo introduje en mi boca y noté como se endurecía más y aumentaba de tamaño, empecé a mover la lengua, tú acariciaste mi cabello. Te sentaste en el filo de la cama.
Arrodillada frente a ti continué recorriendo tu pene con mi lengua, no podías quitarme los ojos de encima, los abrías y tenías que cerrarlos por esa satisfacción, mientras yo dejaba que entraras y salieras de mi boca a tu antojo. Sujete con firmeza tu pene entre mis labios y comencé a succionar, era como si quisiera absorberte de esa forma, no dejé de mover la lengua con vaivenes suaves.
Yo también te miraba, me encantaba verte disfrutando, me encantaba tu forma de verme, me excitaba aún más. Seguí...
Devoraba, lamía, chupaba, besaba... y llegó. Tus piernas se tensaron, sujetaste fuerte mi cabeza entre tus manos, tu respiración se agitó más y los gemidos aumentaron. Recargaste tus labios en mi frente y eyaculaste.
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