Tuve un lindo día con Henry y un lindo día con Dave.
Henry llamó y se me revolvió la panza de la emoción, quería verme y yo con tantas ganas de su olor no pude negarme, pasó por mí a la oficina, logré salirme una hora antes y cuando llegó ya lo esperaba afuera parada sobre una banquita de concreto. Me cargó para bajarme (todo un delicioso cliché), me besó y me dijo lo bien que me veía y lo mucho que me había extrañado. Caminamos juntos en ese frío día por las bonitas calles adoquinadas hasta ese monumento famoso dónde sería el mitin de su candidato político (el único defecto del Henry). No pelamos el discurso y mientras el político de acento extraño prometía la paz mundial y lanzaba improperios contra el gobierno en turno, Henry y yo nos pusimos al corriente de nuestra vida durante los pocos días que no nos habíamos visto que según nosotros resultaban una eternidad agonizante, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos a los ojos, lo quise. Nos sentamos a mitad de la explanada, platicamos, nos besamos, nos acariciamos, me besó el cuello, le acaricié la nuca, nos tomamos de la mano, nos besamos, nos paramos, nos abrazamos, nos olimos, desaparecimos en medio de la multitud. Quise detener el reloj, pero el tiempo implacable siguió su curso. Terminó el mitin, que también ponía fin a nuestro encuentro. Me pidió que no me fuera, que camináramos juntos, besándonos. Aunque las ganas me hacían su presa dejándome a su merced, en un momento de lucidez recuperé la cordura y le dije que no, que ya tenía una cita. Lo acompañé a su auto y él hizo su último intento por convencerme, pero era inútil, nos besamos y nos abrazamos muy fuerte. No quería dejarlo ir, él no quería irse. Recordé a Dave. Nos despedimos. En su mochila se llevó mi abrigo que llevaba en las bolsas la promesa y la ilusión de volverlo a ver.
Me encontré con Dave en nuestro café de siempre. Nos saludamos, lo noté triste, no tiene empleo, su negocio se fue a la quiebra (si la cosa no estuviera tan jodida). Hizo una tontería y me enojé, me hizo reír, nos encontentamos, nos miramos, sonreímos. Yo moría de hambre, no había probado alimento y ya nos envolvía el fulgor de la luna, se me antojo un elote (así soy de antojadiza, no quería una cena en forma, tenía el capricho del elote). Buscamos un elote, recorrimos las preciosas calles adoquinadas, llegamos hasta un Zócalo, pasamos por una glorieta, caminamos junto a una hermosa catedral ¡nada! Recordé que afuera de una gran tienda alguna vez vi que vendían elotes deliciosos de granos grandes (no me gustan otros), caminamos hasta allá y nada. Él dijo que solo por esa noche cumpliría mi capricho, caminaríamos hasta comprar mi elote. Llegamos a un parque, a otra plaza, a otra glorieta, a una gran avenida y solo encontramos churros, compramos unos para saciar mis antojos mientras encontrábamos mi elote de granos grandes. Al fin, al cruzar otro parque compramos nuestros elotes de granos gordos como me gustan. Cruzamos el parque hasta la tienda más cercana y compramos un Boing. Caminamos hasta una banquita de concreto para sentarnos a comer nuestros elotes de granos gordos. Platicamos de nosotros, lloré, nos abrazamos, fuimos sarcásticos, le puse mi bufanda de la felicidad y aunque no le gusta se la dejo en el cuello. Cuando me puse a llorar, él me puso la bufanda para que sonriera y no estuviera triste, al fin es la bufanda de la felicidad ¿no? Hacía mucho frío y yo no tenía abrigo, caminamos al metro, nos empujamos, reímos mucho, platicamos más. Nos molestamos, nos miramos muchas veces. Nos despedimos, un beso, dos, tres, yo a él, él a mi, todos en las mejillas, en la frente, el mordía mis manos. Nunca en la boca. A punto de bajarse y... ¡clic! un fugaz beso en la boca. Mire por la ventanilla, sonreímos, fuimos cómplices. Así había empezado todo muchos ayeres atrás. El metro avanzó.
Yo seguí mi camino a casa con su esencia en la boca, sin abrigo y con muchas confusiones en la cabeza.
Henry llamó y se me revolvió la panza de la emoción, quería verme y yo con tantas ganas de su olor no pude negarme, pasó por mí a la oficina, logré salirme una hora antes y cuando llegó ya lo esperaba afuera parada sobre una banquita de concreto. Me cargó para bajarme (todo un delicioso cliché), me besó y me dijo lo bien que me veía y lo mucho que me había extrañado. Caminamos juntos en ese frío día por las bonitas calles adoquinadas hasta ese monumento famoso dónde sería el mitin de su candidato político (el único defecto del Henry). No pelamos el discurso y mientras el político de acento extraño prometía la paz mundial y lanzaba improperios contra el gobierno en turno, Henry y yo nos pusimos al corriente de nuestra vida durante los pocos días que no nos habíamos visto que según nosotros resultaban una eternidad agonizante, nos besamos, nos abrazamos, nos miramos a los ojos, lo quise. Nos sentamos a mitad de la explanada, platicamos, nos besamos, nos acariciamos, me besó el cuello, le acaricié la nuca, nos tomamos de la mano, nos besamos, nos paramos, nos abrazamos, nos olimos, desaparecimos en medio de la multitud. Quise detener el reloj, pero el tiempo implacable siguió su curso. Terminó el mitin, que también ponía fin a nuestro encuentro. Me pidió que no me fuera, que camináramos juntos, besándonos. Aunque las ganas me hacían su presa dejándome a su merced, en un momento de lucidez recuperé la cordura y le dije que no, que ya tenía una cita. Lo acompañé a su auto y él hizo su último intento por convencerme, pero era inútil, nos besamos y nos abrazamos muy fuerte. No quería dejarlo ir, él no quería irse. Recordé a Dave. Nos despedimos. En su mochila se llevó mi abrigo que llevaba en las bolsas la promesa y la ilusión de volverlo a ver.
Me encontré con Dave en nuestro café de siempre. Nos saludamos, lo noté triste, no tiene empleo, su negocio se fue a la quiebra (si la cosa no estuviera tan jodida). Hizo una tontería y me enojé, me hizo reír, nos encontentamos, nos miramos, sonreímos. Yo moría de hambre, no había probado alimento y ya nos envolvía el fulgor de la luna, se me antojo un elote (así soy de antojadiza, no quería una cena en forma, tenía el capricho del elote). Buscamos un elote, recorrimos las preciosas calles adoquinadas, llegamos hasta un Zócalo, pasamos por una glorieta, caminamos junto a una hermosa catedral ¡nada! Recordé que afuera de una gran tienda alguna vez vi que vendían elotes deliciosos de granos grandes (no me gustan otros), caminamos hasta allá y nada. Él dijo que solo por esa noche cumpliría mi capricho, caminaríamos hasta comprar mi elote. Llegamos a un parque, a otra plaza, a otra glorieta, a una gran avenida y solo encontramos churros, compramos unos para saciar mis antojos mientras encontrábamos mi elote de granos grandes. Al fin, al cruzar otro parque compramos nuestros elotes de granos gordos como me gustan. Cruzamos el parque hasta la tienda más cercana y compramos un Boing. Caminamos hasta una banquita de concreto para sentarnos a comer nuestros elotes de granos gordos. Platicamos de nosotros, lloré, nos abrazamos, fuimos sarcásticos, le puse mi bufanda de la felicidad y aunque no le gusta se la dejo en el cuello. Cuando me puse a llorar, él me puso la bufanda para que sonriera y no estuviera triste, al fin es la bufanda de la felicidad ¿no? Hacía mucho frío y yo no tenía abrigo, caminamos al metro, nos empujamos, reímos mucho, platicamos más. Nos molestamos, nos miramos muchas veces. Nos despedimos, un beso, dos, tres, yo a él, él a mi, todos en las mejillas, en la frente, el mordía mis manos. Nunca en la boca. A punto de bajarse y... ¡clic! un fugaz beso en la boca. Mire por la ventanilla, sonreímos, fuimos cómplices. Así había empezado todo muchos ayeres atrás. El metro avanzó.
Yo seguí mi camino a casa con su esencia en la boca, sin abrigo y con muchas confusiones en la cabeza.
Me encanta la descripción. No estoy muy al tanto si esto es actual o no, no estoy segura si es ficticio o no, pero el relato sí lo amo.
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